El 19 de diciembre de 1989, el destino de Panamá se selló bajo el signo de la traición y el estruendo.
Regresaba de mi oficina en el IRHE cerca de las diez de la noche cuando el teléfono rasgó el silencio. Era el Capitán Moisés Cortizo, Jefe de la 5ta. Compañía Victoriano Lorenzo de las Fuerzas de Defensa de Panamá. Su voz, usualmente firme, portaba una urgencia sombría: las patrullas conjuntas con el ejército de los EE.UU. habían desaparecido de la frecuencia radial. El enlace se había roto. No era un fallo técnico; era el preludio del fin.
Sin dudarlo, me cambié y, junto al brigadista Plutarco Tuñón, partimos hacia Fuerte Amador. Como integrante del “Batallón Dignidad: Comando Torrijista 16 de diciembre”, y del COPACOBRID, mi lugar estaba allí, donde la historia nos reclamaba.
La noche era un muro oscuro, un mal presagio que nos golpeaba el rostro mientras avanzábamos. Al llegar a la entrada de Fuerte Amador, el vacío nos recibió con un escalofrío: la garita de los centinelas (uno panameño y otro norrteamericano) estaba desierta, las luces apagadas, el silencio sepulcral. Era la calma que precede a la tormenta de acero.
En la armería de “Los Cholos”, la actividad era febril; los soldados, sombras en movimiento, evacuaban equipo hacia los puntos de reorganización fuera de la base de Amador.
El radio-operador, en un acto de fe desesperada, seguía llamando a las patrullas conjuntas que, por mandato de los Tratados Torrijos – Carter, debían estar allí. Nadie respondió. Los habían borrado del mapa. Mientras tanto, el cielo ya empezaba a rugir con el eco de los aviones en la base de Howard. La orden de alerta fue lanzada al aire como un último grito de resistencia: “Atención, CLAVE CUTARRA, BD armas al hombro”.
A pesar de mis instrucciones de no acercarse por el peligro inminente, la lealtad superó al instinto de conservación. Mis compañeros brigadistas —Ernesto Santos Rodríguez, Jorge Arosemena, Manuel Carol, Elisabeth Morales, Alejandro Hubbard, Angel Benítez— aparecieron entre las tinieblas. La incertidumbre se cortaba con un cuchillo. Fue entonces cuando el Teniente Bredio Chávez – que estaba salienso con el último autobus con soldados de la «Victoriano Lorenzo» – con los ojos inyectados en adrenalina, entró a la sala de guardia donde nos encontrábamos, gritó la sentencia: “¡Distingo desplazamientos de los gringos del otro lado del campo!”.
Y entonces, el infierno reclamó su espacio.
Un tableteo ensordecedor de ametralladoras pesadas desgarró la noche. Segundos después, la conflagración total. El edificio se convirtió en el blanco de un huracán de proyectiles. Éramos el objetivo del 1er Batallón de la 508 División de Infantería Aerotransportada y la 193 Brigada. El ejército más poderoso del planeta nos caía encima como ladrones, bajo el amparo de la nocturnidad y la alevosía.
Frente a sus blindados M-113 y otros tanques de guerra, nuestra batalla era una desigualdad hercúlea, una lucha de carne y patriotismo contra acero y tecnología de muerte. La adrenalina, el sudor frío y el olor a pólvora quemada se mezclaban en un aire que se volvía irrespirable. Entre ráfagas de nuestros T-65 y el vuelo rasante de helicópteros invasores que se dirigían a masacrar al Chorrillo, decidimos romper el cerco.
Salir de Amador era salir de la «boca del lobo.» Éramos catorce almas divididas en tres células, movilizándonos entre trazadoras, proyectiles y estallidos que iluminaban nuestra propia tragedia. Ernesto Santos y Jorge Arosemena fueron heridos alcanzados por las balas. En ese tránsito hacia la eternidad, perdimos lo irreparable. Allí cayeron, convertidos en mártires, mis hermanos Ángel Benítez, Manuel Carol y Alejandro Hubbard. Sus vidas fueron el precio de una invasión que no buscaba justicia, sino sumisión.
Milagrosamente el resto de nosotros pudimos llegar hasta la Avenida de Los Mártires.
Lo que siguió fue el eco del horror: el bombardeo infame a El Chorrillo, el desordenado reagrupamiento en la Avenida de los Mártires, el hospital Santo Tomás desbordado de dolor, la retirada hasta las oficinas del INTEL en vía España donde montamos un puesto, y, tras 21 días de movimientos, finalmente, mi captura el 10 de enero de 1990.
Fui confinado al aislamiento en Fort Clayton y luego encapuchado encadenado hacia el campo de concentración de Nuevo Emperador, donde miles de panameños compartimos el pan amargo de la injusticia.
Como he sostenido siempre, no existe andamiaje moral ni jurídico que justifique semejante atropello a nuestra soberanía. Fue un crimen de lesa patria. La resolución 44/240 de la ONU lo confirmó días después: fue una violación flagrante al derecho internacional.
Hoy, la memoria de nuestros mártires y desaparecidos no es solo un deber de recordación, es un acto de resistencia. Su sacrificio nos exige mantener viva la llama de la dignidad frente a cualquier intento de borrar la historia. La invasión fue cruel, innecesaria y dolorosa; una cicatriz que Panamá aún lleva en el costado, esperando que la verdad y la justicia terminen de sanarla.
Benjamín Colamarco Patiño