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LA GESTA HEROICA DEL 9 DE ENERO Y SUS PERESPECTIVAS

Por Benjamín Colamarco Patiño

La identidad de la República de Panamá se cimienta sobre valores y luchas históricas por la integridad territorial. El legado de los jóvenes institutores de 1964 representa la escalada fundamental del «alpinismo generacional», un esfuerzo colectivo que permitió a la nación superar sus contradicciones internas en favor de un objetivo superior: la soberanía plena.

El Contexto del Enclave Colonial

La raíz del conflicto se remonta al Tratado Buneau Varilla-Hay de 1903, un documento que ningún panameño firmó y que estableció la *»Zona del Canal» (a perpetuidad).* Este enclave colonial no solo fragmentó el territorio, sino que instauró un sistema de discriminación racial y económica (el gold roll y silver roll), hiriendo profundamente la dignidad nacional.

Durante décadas, diversos sectores del pueblo panameño manifestaron su repudio a esta «quinta frontera» que limitaba la personalidad internacional del Estado y el ejercicio pleno de su soberanía.

El Detonante: El Incumplimiento de los Acuerdos

En 1963, el Acuerdo Chiari-Kennedy estipuló que la bandera panameña debía ser izada junto a la estadounidense en los sitios civiles de la Zona del Canal a partir de enero de 1964. Sin embargo, los residentes estadounidenses (zonians) y sectores de la policía local «zoneíta» se amotinaron contra esta decisión. El acto de insubordinación del Sargento Carlton Bell, quien izó solitaria la bandera norteamericana en Gamboa, desató una ola de indignación.

Ante este desprecio a la soberanía, los estudiantes del Instituto Nacional marcharon pacíficamente el 9 de enero de 1964 hacia la Balboa High School para hacer cumplir el acuerdo. La respuesta fue una agresión desproporcionada: el ejército más poderoso del mundo arremetió contra un pueblo desarmado, dejando un saldo de 22 muertos y más de 500 heridos.

El Liderazgo de Omar Torrijos y la Reversión

La Gesta de 1964 provocó una toma de conciencia nacional definitiva. Años más tarde, el General Omar Torrijos Herrera supo canalizar este sentimiento patriótico. Bajo su liderazgo, se logró la abrogación del tratado de 1903 y la firma de los Tratados Torrijos-Carter. Este proceso culminó el 31 de diciembre de 1999 con la salida del último soldado extranjero y la transferencia total del Canal a manos panameñas.

El Impacto Económico y los Desafíos Futuros

La recuperación de los activos revertidos  – canal, puertos, ferrocarril, tierras y aguas -transformó la economía nacional, pasando de un servicio estratégico militar para EEUU a un motor de desarrollo propio. Hitos posteriores, como la ampliación del Canal a través de un tercer juego de esclusas, obra aprobada mediante referéndum en el año 2006, consolidaron esta nueva etapa logística y global.

Sin embargo, la soberanía territorial es solo una parte del compromiso histórico. El verdadero reto actual reside en resolver las asimetrías sociales y la desigualdad. La plataforma logística debe servir para *integrar económica y socialmente a «un solo Panamá».*

Honrar a los mártires de 1964 implica, hoy, profundizar la democracia y la justicia social, alineando las políticas de Estado con el bienestar humano y el desarrollo sostenible.

Panamá, 9 de enero de 2026

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Fuerte Amador: El asalto a la dignidad y la noche del fuego eterno

El 19 de diciembre de 1989, el destino de Panamá se selló bajo el signo de la traición y el estruendo.

Regresaba de mi oficina en el IRHE cerca de las diez de la noche cuando el teléfono rasgó el silencio. Era el Capitán Moisés Cortizo, Jefe de la 5ta. Compañía Victoriano Lorenzo de las Fuerzas de Defensa de Panamá. Su voz, usualmente firme, portaba una urgencia sombría: las patrullas conjuntas con el ejército de los EE.UU. habían desaparecido de la frecuencia radial. El enlace se había roto. No era un fallo técnico; era el preludio del fin.

Sin dudarlo, me cambié y, junto al brigadista Plutarco Tuñón, partimos hacia Fuerte Amador. Como integrante del “Batallón Dignidad: Comando Torrijista 16 de diciembre”, y del COPACOBRID, mi lugar estaba allí, donde la historia nos reclamaba.

La noche era un muro oscuro, un mal presagio que nos golpeaba el rostro mientras avanzábamos. Al llegar a la entrada de Fuerte Amador, el vacío nos recibió con un escalofrío: la garita de los centinelas (uno panameño y otro norrteamericano) estaba desierta, las luces apagadas, el silencio sepulcral. Era la calma que precede a la tormenta de acero.

En la armería de “Los Cholos”, la actividad era febril; los soldados, sombras en movimiento, evacuaban equipo hacia los puntos de reorganización fuera de la base de Amador.
El radio-operador, en un acto de fe desesperada, seguía llamando a las patrullas conjuntas que, por mandato de los Tratados Torrijos – Carter, debían estar allí. Nadie respondió. Los habían borrado del mapa. Mientras tanto, el cielo ya empezaba a rugir con el eco de los aviones en la base de Howard. La orden de alerta fue lanzada al aire como un último grito de resistencia: “Atención, CLAVE CUTARRA, BD armas al hombro”.

A pesar de mis instrucciones de no acercarse por el peligro inminente, la lealtad superó al instinto de conservación. Mis compañeros brigadistas —Ernesto Santos Rodríguez, Jorge Arosemena, Manuel Carol, Elisabeth Morales, Alejandro Hubbard, Angel Benítez— aparecieron entre las tinieblas. La incertidumbre se cortaba con un cuchillo. Fue entonces cuando el Teniente Bredio Chávez – que estaba salienso con el último autobus con soldados de la «Victoriano Lorenzo» – con los ojos inyectados en adrenalina, entró a la sala de guardia donde nos encontrábamos, gritó la sentencia: “¡Distingo desplazamientos de los gringos del otro lado del campo!”.

Y entonces, el infierno reclamó su espacio.
Un tableteo ensordecedor de ametralladoras pesadas desgarró la noche. Segundos después, la conflagración total. El edificio se convirtió en el blanco de un huracán de proyectiles. Éramos el objetivo del 1er Batallón de la 508 División de Infantería Aerotransportada y la 193 Brigada. El ejército más poderoso del planeta nos caía encima como ladrones, bajo el amparo de la nocturnidad y la alevosía.

Frente a sus blindados M-113 y otros tanques de guerra, nuestra batalla era una desigualdad hercúlea, una lucha de carne y patriotismo contra acero y tecnología de muerte. La adrenalina, el sudor frío y el olor a pólvora quemada se mezclaban en un aire que se volvía irrespirable. Entre ráfagas de nuestros T-65 y el vuelo rasante de helicópteros invasores que se dirigían a masacrar al Chorrillo, decidimos romper el cerco.
Salir de Amador era salir de la «boca del lobo.» Éramos catorce almas divididas en tres células, movilizándonos entre trazadoras, proyectiles  y estallidos que iluminaban nuestra propia tragedia. Ernesto Santos y Jorge Arosemena fueron heridos alcanzados por las balas. En ese tránsito hacia la eternidad, perdimos lo irreparable. Allí cayeron, convertidos en mártires, mis hermanos Ángel Benítez, Manuel Carol y Alejandro Hubbard. Sus vidas fueron el precio de una invasión que no buscaba justicia, sino sumisión.
Milagrosamente el resto de nosotros pudimos llegar hasta la Avenida de Los Mártires.

Lo que siguió fue el eco del horror: el bombardeo infame a El Chorrillo, el desordenado reagrupamiento en la Avenida de los Mártires, el hospital Santo Tomás desbordado de dolor, la retirada hasta las oficinas del INTEL en vía España donde montamos un puesto,  y, tras 21 días de movimientos, finalmente, mi captura el 10 de enero de 1990.

Fui confinado al aislamiento en Fort Clayton y luego encapuchado  encadenado hacia el campo de concentración de Nuevo Emperador, donde miles de panameños compartimos el pan amargo de la injusticia.

Como he sostenido siempre, no existe andamiaje moral ni jurídico que justifique semejante atropello a nuestra soberanía. Fue un crimen de lesa patria. La resolución 44/240 de la ONU lo confirmó días después: fue una violación flagrante al derecho internacional.

Hoy, la memoria de nuestros mártires y desaparecidos no es solo un deber de recordación, es un acto de resistencia. Su sacrificio nos exige mantener viva la llama de la dignidad frente a cualquier intento de borrar la historia. La invasión fue cruel, innecesaria y dolorosa; una cicatriz que Panamá aún lleva en el costado, esperando que la verdad y la justicia terminen de sanarla.

Benjamín Colamarco Patiño

Sr. Trump: los tiempos de la «política del gran garrote» se acabaron

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El filósofo de Nápoles Giambattista Vico acuñó la frase: «la historia se repite en espiral», empero pienso que la historia la hilvana progresivamente la acción del hombre y su contexto, que no se repite sino que continúa su ciclo moldeando el presente hacia el devenir.

El Sr. Trump con sus irresponsables declaraciones de ayer 21 de diciembre, a 35 años de la nefasta invasión del ejército de los Estados Unidos a nuestra Patria, no son más que el reflejo expuesto de su pensamiento e intereses particulares en procura de fortalecer su posicionamiento en el tablero de juego interno en su país y en tablero el global.

Sin lugar a dudas hay poderes fácticos que pretenden lograr beneficios de tales declaraciones, del todo anacrónicas y en franca contravención de una infinidad de principios y normas del Derecho Internacional.

El Sr. Trump, deliberadamente, pretende desconocer los antecedentes históricos que llevaron a la nación panameña al logro del justo anhelo de recuperar la plena integridad soberana del país y la administración del Canal de Panamá, que se materializó con la firma del Tratado Torrijos – Carter el 7 de septiembre de 1977 y su calendario descolonizador.

Pues no, Sr. Trump,  los Estados Unidos no le regalaron el canal a Panamá, la historia no miente, ni la sangre de los héroes y mártires de la Patria la pueden escamotear interesas subalternos allende nuestra frontera.

Panamá es un país soberano en el concierto de las naciones libres del mundo, que tiene dignidad y entiende el RESPETO como la base del entendimiento entre los seres humanos y entre los Estados.

Durante más de 25 años Panamá ha administrado el Canal de manera ejemplar, responsablemente, justa y equitativamente, así ha sido reconocido por los panameños y el mundo.

La  extemporánea pretendida re-edición, a su estilo, de la vieja «política del gran garrote», choca con la historia que rechaza el uso de la fuerza y de las amenazas como medio para forzar intereses hegemónicos.

La petición del Sr. Trump es insolente, lo que nos obliga a cerrar filas para rechazar semejante despropósito.

Es responsable y necesario un pronunciamiento del Gobierno nacional.

Dr. Benjamín Colamarco Patiño

Panamá, 22 de diciembre de 2024;  01:50 p.m.

A 35 años de la invasión del ejército de los EEUU a Panamá.