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Un pueblo resiliente

   Por: Benjamín Colamarco Patiño

Panamá, 1 de julio de 2026

Hoy se cumplen exactamente dos años desde la toma de posesión de José Raúl Mulino. Veinticuatro meses han bastado para que el espejismo electoral se disuelva por completo en el ácido de la realidad.

El panorama nacional es desolador: ocho de cada diez panameños —un abrumador 80% de la población— manifiestan con profunda convicción que el gobierno lleva al país por un rumbo equivocado. Lo que inició con promesas de bonanza y «billete en el bolsillo» se ha transformado en un ecosistema de desempleo, desigualdad galopante y una desesperanza que asfixia el hogar de las familias panameñas.

Sin la hecatombe de la pandemia que perturbó a la humanidad, Panamá retrocede a pasos agigantados bajo el peso de un dogmatismo económico y una soberbia institucional intolerable.

La «quimera» desvanecida:

de la «mano firme» a la sumisión

El relato oficial se ha estrellado contra los datos y los hechos. En la campaña de 2024, el expresidente Ricardo Martinelli —hoy condenado en firme por corrupción y resguardado en Colombia— vendió a los electores la ilusión de que Mulino sería su fiel seguidor: un ejecutor dotado de una firmeza capaz de dinamizar los motores del país. Dos años después, esa supuesta firmeza no ha sido más que arrogancia y desdén hacia las demandas más sentidas del pueblo.

La administración actual ha optado por aplicar una severa «terapia de shock», propia de la derecha conservadora más ortodoxa, cuyos costos humanos saltan a la vista.

Los indicadores macroeconómicos y sociales de este bienio son irrefutables y dibujan la radiografía de un país en franco retroceso:

Pobreza en ascenso: El índice de pobreza se disparó del 12.9% en 2023 a un alarmante 22.1% en la actualidad y una pobreza extrema – donde el dinero no alcanza ni para comer – que ronda el 10%.

Uno de cada tres niños y niñas en Panamá hoy se encuentran en pobreza multidimensional.

Se han amplían las brechas de desigualdad: el índice de GINI que mide la desigualdad supera el 0.50 lo que indica que la riqueza producida por el capital y el trabajo, durante estos dos años, se ha ido concentrando en los estratos más altos de la sociedad. El crecimiento no está llegando a las grandes mayorías.

Desempleo desbocado: La tasa de desocupación escaló del 7.1% en el 2023, al 11%, de hoy, con provincias en que ronda el 15% dejando a miles de profesionales y trabajadores en la intemperie laboral.

Endeudamiento sin lógica desarrollista: La relación Deuda/PIB ya supera el 62%, ensanchando la brecha frente al 56.3% registrado al cierre de 2023.

Parálisis de infraestructura: Proyectos públicos clave que contaban con más del 80% de avance físico en junio de 2024, fueron suspendidos de forma calculada durante casi un año, con el único y mezquino propósito de reactivarlos posteriormente bajo el sello publicitario de la actual administración.

Mientras la demanda interna total cae y el consumo se contrae, el sector agropecuario yace en el abandono absoluto y la inseguridad ciudadana alcanza niveles que desbordan la paz pública. La incompetencia del gobierno en materia de seguridad pública es patente.

El quiebre de la ética republicana: una confesión que estremece la institucionalidad

A la crisis socioeconómica se suma un deterioro institucional sin precedentes, marcado por una preocupante vocación autoritaria.

Todavía resuena con fuerza la alarmante confesión hecha por el propio presidente Mulino durante una visita oficial a Costa Rica. En un despliegue de jactancia temeraria, relató cómo en las vísperas de los comicios de 2024 coaccionó a los magistrados del Tribunal Electoral con una advertencia explícita: “si ustedes se prestan para no dejarme correr, les prendo este país por las cuatro esquinas, créanmelo”.

Esta declaración no es una simple anécdota de campaña; es la admisión pública de una amenaza premeditada contra la máxima autoridad electoral del Estado. Revela una peligrosa disposición a sustituir la fuerza del argumento por el argumento de la fuerza.

Al prometer sumir al país en el caos y la violencia para asegurar sus objetivos particulares, Mulino erosionó los cimientos de la ética republicana. Este hecho arroja una sombra de duda sobre la legitimidad de origen de un mandato que nació bajo la sospecha de una tutoría política ejercida por control remoto desde la embajada de Nicaragua. El ensordecedor silencio que guardó el Tribunal Electoral ante semejante bravata no hace más que confirmar la debilidad institucional que hoy padecemos. Para que la democracia no sea un cascarón vacío, sus instituciones deben defender su fuero con dignidad y firmeza; la pasividad ante la intimidación valida un camino perverso hacia el poder.

Soberanía entregada y neutralidad en jaque

El aspecto más doloroso y geopolíticamente peligroso de la gestión de Mulino radica en la conducción de la política exterior.

Desde el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca en los Estados Unidos, signado por una retórica de ofensas, mentiras y presiones hostiles, el gobierno panameño ha adoptado una actitud sumisa y complaciente que lesiona nuestro orgullo nacional.

La administración actual ha entablado negociaciones a espaldas del país, comprometiendo de forma alarmante la soberanía nacional y la neutralidad perpetua de nuestro Canal de Panamá.

Frente al anuncio de Washington de conformar una coalición militar en América Latina —privilegiando el garrote y la fuerza sobre el derecho internacional— y ante los sistemáticos agravios vertidos contra nuestra nación y nuestra identidad lingüística, la respuesta oficial ha sido el mutismo o la aquiescencia.

Panamá no tiene ni necesita un ejército; nuestra fortaleza descansa en el derecho, en la estabilidad internacional y en las históricas conquistas diplomáticas encarnadas en los Tratados Torrijos-Carter. Nos costó generaciones enteras de lucha, sacrificio y sangre derramada recuperar el control pleno de nuestra posición geográfica y de nuestro suelo.

El respeto es una calle de doble vía. Frente a la agresión verbal extranjera, Panamá exige y merece una postura serena, pero inquebrantablemente digna, soberana y firme, que honre nuestra trayectoria como país de paz y autodeterminación.

La Patria no se negocia, no se hipoteca y no se rinde ante los designios de ninguna potencia.

El extravío de la alternativa política.

El drama panameño se agudiza al constatar que la alternancia y la oposición política se encuentran en un estado de postración y fragmentación alarmante. Por un lado, la bancada de “Vamos”, que despertó enormes expectativas en el electorado bajo la promesa de encarnar la honestidad y la renovación ha extraviado el norte.

La cruda realidad pulverizó ese discurso en pocos meses: muchos de sus diputados terminaron alineándose de manera vergonzosa con el oficialismo exhibiendo un oportunismo descarado y una preocupante ausencia de autocrítica que ha sumido a sus electores en el desencanto.

Por otro lado, los partidos políticos se muestran incapaces de canalizar el descontento popular.

La oposición democrática es débil.

La actual dirección superior del Partido Revolucionario Democrático (PRD) carece de una conducción política clara, orgánica y programática. Se encuentra estancada en una visión anacrónica y burocrática – diluida – que no responde a las demandas urgentes del Panamá de hoy, dejando un preocupante vacío de liderazgo en momentos donde el país exige brújulas morales y políticas bien definidas.

La hora del pueblo: de la indignación a la propuesta

A pesar del desaliento que emana de las alturas del poder, el tejido social de Panamá está demostrando una enorme capacidad de resiliencia. El silencioso estruendo del despertar ciudadano es un hecho incontestable.

Las comunidades ya no albergan únicamente las legítimas protestas de las organizaciones sindicales; hoy la voz de alarma la dan las amas de casa que no logran estirar el presupuesto, los jóvenes despojados de un porvenir digno, los profesionales independientes sumidos en el desempleo forzoso y los microempresarios arruinados por la asfixia económica.

La frustración colectiva ha mutado en una indignación activa y consciente. Panamá ha dejado claro que no se conformará con eslóganes publicitarios vacíos ni con diagnósticos complacientes elaborados en despachos ministeriales refrigerados.

Nuestro país demanda con urgencia una rectificación de rumbo:

1. Transparencia absoluta en el manejo de las finanzas del Estado y erradicación de los conflictos de interés.

2. Defensa irrenunciable de la soberanía nacional y del Tratado de Neutralidad del Canal frente a cualquier injerencia externa.

3. Respeto irrestricto a la Constitución, al ordenamiento legal y a la dignidad de los trabajadores y productores nacionales.

A dos años de distancia de aquel julio de 2024, el balance es un llamado a la acción.

Quienes confundieron la gobernanza con la bravata y la política con la amenaza subestimaron la memoria perceptiva de este pueblo. Panamá es una patria con vocación de libertad, justicia social y progreso. Ante el fracaso de un modelo que da la espalda a las mayorías y dobla las rodillas ante Trump, se yergue la voluntad inquebrantable de un pueblo decidido a rescatar democráticamente su dignidad, su soberanía y su futuro.

Benjamín Colamarco Patiño

Panamá, 01 de julio de 2026

www.benjamincolamarco.com

El modelo de sociedad y de Estado que buscamos

Por Benjamín Colamarco Patiño

El Estado tiene la responsabilidad ineludible de erigirse como el escudo protector
de los ciudadanos y sus familias. Esta misión trasciende la asistencia básica;
exige el diseño y ejecución de políticas públicas vigorosas dirigidas a erradicar la
pobreza y el hambre, atacando con determinación sus causas o raíces
estructurales, así como las diversas manifestaciones de desigualdad,
discriminación y marginación que aún fragmentan nuestra cohesión social.
Para lograr una verdadera transformación, es imperativo democratizar y ampliar
las oportunidades de ascenso social.

Debemos potenciar las capacidades de nuestra fuerza laboral, con especial
énfasis en la juventud, las mujeres y los sectores históricamente excluidos. Esto
solo es posible si situamos la educación, la ciencia, la tecnología y la
innovación en el centro de nuestra estrategia de desarrollo. Al incentivar la
tecnificación de las fuerzas productivas nacionales, no solo elevamos nuestra
productividad y competitividad, sino que fortalecemos la soberanía económica
mediante la sustitución selectiva de importaciones y la exportación de bienes con
mayor valor agregado.

Nuestra prioridad debe ser el respaldo constante a las pequeñas y medianas
empresas y a las cooperativas. Es fundamental facilitarles el acceso a
financiamiento y a la transferencia de conocimientos técnicos que les permitan
adoptar herramientas de vanguardia, protegiendo así su rol vital en la economía
nacional.

Asimismo, resulta urgente robustecer las estrategias de desarrollo agropecuario y
rural, apoyando con capacitación, tecnología y recursos, la producción agrícola y
pecuaria nacional para garantizar nuestra soberanía alimentaria, dignificando la
vida de quienes trabajan la tierra.

Desde la democracia social, el mercado no es un fin en sí mismo, sino un medio.
Debe haber crecimiento inclusivo y la iniciativa privada es un aliado estratégico del
Estado para garantizar que el desarrollo productivo genere empleo digno y
equidad ciudadana.

El sector privado y el Estado comparten la carga del bienestar en función social.
La propiedad y el capital deben beneficiar a la comunidad.

En cuanto a la inversión extranjera, esta debe ser bienvenida siempre que actúe
como un catalizador de progreso tecnológico y generación de empleo digno,
sujeta estrictamente al cumplimiento de nuestras normas sociales, ambientales y
fiscales.

Es hora de reivindicar el Estado Nacional bajo una propuesta desarrollista,
científica y profundamente patriótica, orientada a construir un futuro de equidad y
modernidad para todos.


www.benjamincolamarco.com

Torrijismo y Socialdemocracia en Tiempos Inciertos: Raíces Firmes frente a la Liquidez del Siglo XXI

Por Benjamín Colamarco Patiño

Vivimos en la era de la incertidumbre. El sociólogo Zygmunt Bauman caracterizó nuestra época como una «sociedad líquida» —un tiempo donde las estructuras sociales, las instituciones y las relaciones humanas ya no mantienen su forma el tiempo suficiente como para solidificarse—. En este entorno fluido, la inmediatez y el individualismo tienden a disolver los lazos de la solidaridad orgánica.

A este fenómeno se suma lo que Jürgen Habermas teorizó como el riesgo de quedar prisioneros del «colonialismo tecnocrático»: esa tendencia a sustituir el debate político por soluciones técnicas y algorítmicas —donde las decisiones se toman en laboratorios de datos o bajo la lógica del mercado, despojando a la sociedad de su dimensión humana y soberana—.

Ante este panorama, cabe hacernos la pregunta que debe guiar la reflexión del Partido Revolucionario Democrático (PRD) y de todos los Torrijistas: ¿Y ahora, en estos tiempos de cambio, ¿qué hacer y cómo hacerlo?

«El desarrollo no es la medición del crecimiento del Producto Interno Bruto, sino el desarrollo integral del ser humano».

— General Omar Torrijos Herrera

1. El Diagnóstico: La Cuarta Revolución Industrial y la Brecha Social

La Cuarta Revolución Industrial avanza a ritmo exponencial. La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización ofrecen herramientas extraordinarias, pero —si no se las conduce con criterio social— amenazan con profundizar las asimetrías. Como señala el Nobel Joseph Stiglitz, los mercados por sí solos no tienden a la equidad; sin una regulación fuerte y redistribución progresiva, la riqueza tecnológica se concentra en pocas manos y ensancha la brecha entre hiperconectados y excluidos.

No podemos permitir que la tecnología se convierta en una nueva forma de colonialismo. Para el Torrijismo, la soberanía nunca fue solo un concepto geográfico —respecto a la Zona del Canal y al Canal—; es, fundamentalmente, la capacidad de un pueblo para decidir su modelo de desarrollo económico, social y cultural.

2. ¿Qué Hacer? Los Pilares del Nuevo Contrato Social

Para orientarnos en el siglo XXI, la socialdemocracia y el torrijismo deben servirnos de brújula. El ¿qué hacer? se sintetiza en tres ejes:

A· Democratizar el conocimiento y la tecnología. Frente al colonialismo tecnocrático, la respuesta es la inclusión digital y la transformación educativa. Necesitamos formar ciudadanos críticos, capaces de dominar las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial —no peones digitales subordinados a la lógica y los “ecos” del algoritmo—

B· El Estado como promotor de la equidad. Siguiendo a John Maynard Keynes, el Estado tiene un papel macroeconómico indispensable como estabilizador y dinamizador. No se trata de un estatismo asfixiante, sino de un Estado social, coordinador, planificador y eficiente que garantice bienes públicos esenciales: salud, educación de excelencia, seguridad y conectividad universal.

C· Una economía social de mercado sostenible. La riqueza debe tener una función social. Propugnamos un modelo que combine la competitividad —de nuestra posición geopolítica y logística— con la justicia distributiva, en polos de desarrollo internos. La sostenibilidad ambiental y la transición energética (la des- carbonización) deben traducirse en bienestar tangible para las comunidades más vulnerables, cerrando las brechas del «Panamá de los barrios» y el «Panamá del campo», bajo la premisa de “un solo Panamá integrado económica y socialmente”.

3. ¿Cómo Hacerlo? Flexibilidad en la Estrategia, Firmeza en los Principios

El filósofo Daniel Innerarity nos recuerda que la política contemporánea es, ante todo, la gestión de la complejidad y el gobierno de la incertidumbre. No funcionan ya las recetas dogmáticas ni los manuales rígidos. El ¿cómo hacerlo? exige una profunda renovación metodológica:

· Gobernanza abierta y democracia deliberativa: Debemos superar el centralismo burocrático. El torrijismo histórico se caracterizó por el «patrullaje doméstico» —escuchar directamente las necesidades de la gente en el terreno—. Ese principio se traduce hoy en gobernanza abierta y consulta ciudadana, creando poder desde la base, utilizando la tecnología para acercar el partido al ciudadano y romper la burbuja de la partidocracia tradicional.

· Flexibilidad táctica con raíces firmes: Como los árboles de raíces profundas, debemos tener la flexibilidad para soportar los vientos de la modernidad líquida sin desmoronarnos. La flexibilidad no significa pragmatismo vacío o claudicación; significa audacia para innovar en políticas públicas, diseñar alianzas constructivas y adoptar nuevas herramientas de gestión —manteniendo inalterable el compromiso con la justicia social y la soberanía nacional—.

· Unidad en el propósito común: El PRD y los torrijistas debemos volver a ser el punto de encuentro de las fuerzas vivas de la nación —trabajadores, profesionales, intelectuales, empresarios con sentido de patria, la juventud, las mujeres, y los movimientos sociales—. La renovación pasa por la formación política continua, recuperando el debate de ideas por encima de los apetitos clientelistas.

Conclusión: La Revolución Pendiente es Democrática y Cultural

El torrijismo nunca fue un dogma estático, sino una doctrina en movimiento —un método de aproximación sucesiva a los problemas nacionales—. En un mundo interconectado pero fragmentado, su vigencia radica en su capacidad para ofrecer certidumbre dentro del caos.

Enfrentar la Cuarta Revolución Industrial no es un asunto meramente técnico; es un desafío político y cultural. No se trata de adaptarnos pasivamente a los cambios que imponen los centros de poder global, sino de construir activamente el Panamá que queremos: un país soberano, socialmente justo, económicamente próspero y culturalmente digno.

Fieles a nuestro legado —con el oído en el corazón del pueblo y la mirada en el horizonte del porvenir—, los torrijistas tenemos el deber histórico de liderar esta construcción para el siglo XXI. La tarea es compleja, pero la voluntad colectiva de transformación sigue siendo nuestra mayor fortaleza.

Panamá, mayo de 2026

www.benjamincolamarco.com