Quienes recorren mis escritos, habrán notado que hay conceptos que vuelven una y otra vez, no como repeticiones mecánicas, sino como puntos de apoyo indispensables para sostener la mirada sobre el mundo. De todos ellos, la LEALTAD es quizás el más íntimo y, a la vez, el más público.
Para mí, la lealtad no es una actitud pasiva, ni mucho menos una obediencia ciega o de conveniencia. Es un principio activo; una fuerza motriz que define el carácter y le da sentido a cada paso que damos en la vida.
Si tuviera que sintetizar lo que este valor representa en mi día a día y en todo lo que emprendo, lo dividiría en tres compromisos fundamentales:
La lealtad a los orígenes y al legado:
Es la gratitud en acción. Significa honrar la memoria y la rectitud de quienes nos precedieron —nuestros ancestros, nuestros padres, maestros y mentores— y tener la absoluta claridad de que lo que construimos hoy debe ser un suelo firme y digno para quienes vendrán después.
La lealtad a la coherencia personal:
La fidelidad inquebrantable a las propias convicciones, principios y valores. Consiste en asegurar que la palabra empeñada y nuestros actos, tengan un valor absoluto y que nuestras acciones en el presente sean el reflejo exacto de lo que pensamos y defendemos, incluso cuando el viento sople en contra.
La lealtad a la Patria y al bien común:
En el servicio, en la militancia y en el quehacer ciudadano, la lealtad se traduce en un compromiso insobornable con la verdad, el patriotismo y la justicia social. No es buscar el aplauso fácil, sino asumir la responsabilidad histórica de trabajar por el bienestar de la colectividad, la paz, la soberanía y la defensa de la integridad territorial del Estado con transparencia y valentía intelectual.
Al final del camino, la lealtad es la máxima expresión de la coherencia humana. Es el compromiso de no traicionar la confianza depositada en nosotros, de mantenernos firmes en los principios que dignifican nuestra existencia colectiva y de entender que solo somos verdaderamente libres cuando somos fieles a nuestros valores.
Benjamín Colamarco Patiño